Los primeros años de una princesa son, cuanto menos, difíciles. Pero ante todo, pasan volando. Después, miras hacia atrás y apenas te has dado cuenta de como ha ido sucediendo todo. Están llenos de gente, a la vez que vacíos. Son oscuros, pero iluminados por las luces de las discotecas a las que conseguías entrar porque llevabas escote o el dueño del bar te invitaba a algo más que chupitos.
Recuerdas ese vacío en el estomago, la sensación de constante inferioridad, lo que te hacia diferente, pero no mejor ni especial.
Todo era demasiado fuerte, tu corazón palpita a un ritmo desenfrenado, los sentimientos son demasiado potentes para alguien tan simple. Encuentras la perfección en el vacío, pero este de pronto es aburrido y provocas un huracán para mantener tu interés, que apenas durará unos minutos.
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